
Foto: © Rosalie O’Connor
Cada verano me dedico a repasar las lecciones que voy a dar después de las vacaciones y también a releer los artículos que más me han gustado y me han parecido muy interesantes por su contenido para su difusión.
Uno de estos artículos es la continuación al post, que escribí, el mes pasado: Envejecer con Feldenkrais.
Dos días a la semana puedo mantenerme erguida con poco o ningún dolor, todo gracias a una sesión de Feldenkrais. ¡Cuánto anhelo esos dos días!
En mi jubilación, después de años de trabajo en los que estuve constantemente de pie —como dependienta, profesora y bibliotecaria— desarrollé problemas de espalda junto con una de las «mialgias». Esto me llevó a buscar alivio en numerosas ocasiones.
- Un especialista en espalda, cuya única sugerencia fue la cirugía (la cual rechacé).
- un especialista en artritis, un fisioterapeuta
- un quiropráctico,
- una inyección de cortisona
- ¡No he probado el yoga!
Cada uno de estos tratamientos me proporcionó cierto alivio. Sin embargo, ninguno fue una cura completa.
A pesar de mis problemas de espalda, durante mi jubilación me volví muy activa. Una de mis actividades era un grupo de lectura donde hice nuevas amigas. Dos de las señoras, al enterarse de mis problemas físicos, me invitaron a unirme a una clase que les había resultado muy útil. Decidí que valía la pena intentarlo. Así fue como conocí el método Feldenkrais.
Antes de mi primera clase tenía algunas dudas.
Mi primera sesión resultó ser interesante. No iba a ser tachada de torpe por no poder seguir el ritmo, y ser la persona de mayor edad en la clase no importaba. El instructor daba instrucciones claras de forma oral, sin demostraciones. Los movimientos se realizaban tumbado en una colchoneta; el único movimiento en posición vertical era cuando te indicaban que te levantaras y caminaras al final. Si alguna instrucción te resultaba confusa o difícil, te decían que la hicieras mentalmente .
Como ya comenté, dos días a la semana puedo moverme sin dolor y mantener una buena postura. ¿Por qué? La explicación está en lo que sucede en una sesión de Feldenkrais.
Se nos indica que realicemos ciertas combinaciones de movimientos que son contrarias a nuestra forma habitual de movernos. Son fáciles de hacer y se nos anima a realizarlas lo mejor posible. (Y no olvides que puedes imaginarlas si te resultan demasiado difíciles). Durante cuarenta y cinco minutos a una hora, normalmente estarás tumbado, estirándote, tocando, agachándote, girando, respirando y descubriendo aspectos de tu cuerpo que desconocías. El periodo de descanso después de cada movimiento es tan especial como el movimiento en sí. Esa es la parte física de una clase de ATM. (Autoconciencia a Través del Movimiento)
También hay un aspecto mental. El tono de voz del instructor te ayuda a relajarte. Seguir las instrucciones te mantiene mentalmente alerta. Y cuando no estás del todo seguro de las instrucciones, tu proceso mental se pone a prueba, tratando de descifrarlas.
Al final de la sesión, uno se pone de pie, camina y procesa lo aprendido, lo enfoca. Y en mi caso, estoy de pie, erguido.
He participado en sesiones de Feldenkrais cuando tenía setenta y tantos años, ochenta y tantos, y ahora que tengo noventa y tantos, sigo disfrutando de los beneficios de las clases de Conciencia a través del Movimiento.
¡Quién sabe! ¡Quizás siga participando cuando sea centenaria!
Así que te invito a «doblar tus rodillas y apoyar los pies» como una forma de mantenerse activos en la tercera edad.
Extracto artículo de Helen O. Carr
Traducido al español por Esther Niego Palatchi